Una mujer de este tiempo debe preguntarse por su misticismo y por si le da pudor estar emparejada

Según la tendencia social, a saber, esa mezcla de música, libros, pódcasts, reels de Instagram, vídeos de TikTok, videoclips, artículos de opinión, series y portadas de suplementos hay dos cosas que una mujer de mi tiempo debería preguntarse: si es o no mística y si le da vergüenza o no tener novio. Mi respuesta es un sí en ambos casos. Sí, deseo ser mística (y a...

dmiro a todas las que lo son y han sido) y, sí, me da vergüenza tener novio (marido, en mi caso, que es peor). Y añado, además, que ambas cosas están relacionadas y que son fundamentales, conscientemente o no, en la construcción de la identidad de una mujer de este siglo.

Misticismo viene de misterio y significa tener una experiencia directa del misterio de la vida, es decir, no filtrada por ningún tipo de conocimiento ni dogma ni creencia ni religión. La mística es pues esa que ve de golpe algo que existe y que estaba oculto en la superficie de las cosas. Y claro, la posibilidad de una conexión directa con lo absoluto es algo que mola, seas religiosa o no. Normal que sea tendencia.

Ahora bien, por mucho que hablemos de misticismo, la experiencia mística nunca podrá convertirse en moda. Porque la mística mantiene, por definición, una distancia importante con la convención y con sus normas (o modas). La mística va por libre y por eso tiene un punto punk dentro de cualquier organización, como Teresa de Jesús en la Iglesia o Rosalía en la industria musical. ¿Pero es siempre Dios lo que se revela? No lo creo. Por ejemplo, gran parte del feminismo actual tiene componentes místicos, porque supone la revelación de que existe una realidad heteropatriarcal que atraviesa (como Dios) todas las esferas de la vida: lo social, lo afectivo, lo psicológico; la propia carne, el deseo… Una realidad trascendente que hay quien ha visto y quien no verá por mucho que se la expliquen.