Una fecunda exposición en el Macba reexamina la herencia artística y política del panafricanismo, que quiso articular una comunidad global de afrodescendientes, dotada de unidad, solidaridad y conciencia histórica
El mapa es un disparate. En una de las primeras salas de la exposición que el Macba dedica estos días al arte panafricano aparece una lámina amarillenta encontrada en un mercadillo de Bruselas: un plano de África del siglo XIX que dibuja un continente especulativo, imaginado por la mirada europea. Es el tipo de cartografía que difundieron
="https://www.monticello.org/research-education/thomas-jefferson-encyclopedia/arrowsmith-maps/" data-link-track-dtm="">Aaron Arrowsmith o John Tallis, célebres geógrafos británicos cuyos atlas, anteriores al reparto colonial fijado en la Conferencia de Berlín de 1885, se basaban más en relatos y suposiciones que en mediciones reales. No hay Estados ni ciudades, solo manchas de color donde conviven regiones reales (Egipto, Nubia, Abisinia) con otras inventadas (“Tierra de los negros”, “País de los cafres”, “Territorio desconocido”). África aparece como un espacio oscuro y deshabitado, listo para ser tomado; la menos sofisticada de las ficciones coloniales.






