Después de que el argentino se presentara sin avisar a nadie en el estadio, el presidente quiere hablar con la familia del jugador para colocarlo al nivel de Kubala y Cruyff

Al viejo Camp Nou lo custodiaban dos estatuas. La primera fue para Ladislao Kubala, el delantero que, a fuerza de goles, obligó al Barcelona a construirse una casa más grande en 1957. La segunda, para Johan Cruyff, que, primero como jugador, pero esencialmente como técnico, cambió el carácter del Barcelona; ningún ejemplo mejor que la primera Copa de Europa en 1992. Ahora, el Barcelona prepara la tercera para el Nuevo Camp Nou. El nombre no invita a la sorpresa: Lionel Messi. Lo que llama la atención es el momento. Después de que el argentino dejara en shock al barcelonismo, pero sobre todo a la junta de Joan Laporta, tras colarse en el Camp Nou en construcción el pasado lunes, el presidente azulgrana preparó una respuesta: “Estamos trabajando en una estatua para Messi”.

En el campo, Messi improvisa como pocos; fuera de él, predomina su carácter metódico. Calcula, mide, casi nunca actúa por impulso. Ni cuando acusó a la Conmebol de corrupción en la Copa América 2019, ni cuando soltó el ya célebre “Anda pa’ allá, bobo” al neerlandés Wout Weghorst en el Mundial de Qatar. Messi sabía que debía maradoniar su figura para conectar con una afición argentina que durante años lo observó con recelo.