Parte de la pérdida de legitimidad del Antiguo Régimen se basó en la forma en la que se comunicaban los parisinos, según muestra ‘El temperamento revolucionario’, del historiador Robert Darnton

A finales del siglo XVIII, muchos franceses coincidieron en una idea asombrosa: podían crear un mundo nuevo. Hasta tal punto que quisieron cambiar la religión por la Razón, el nombre de los meses (brumario, germinal, termidor), la forma de medir las cosas (el sistema métrico decimal, que seguimos utilizando) o, fundamentalmente, el sistema político y social. Y, en gran medida, lo hicieron....

La Revolución Francesa fue un gozne histórico que articuló el paso hacia las sociedades modernas: sembró las ideas de libertad, igualdad, ciudadanía y soberanía que acabarían dando forma a las democracias liberales y al mundo contemporáneo. Un mundo que, por cierto, algunos ponen hoy en cuestión desde la ultraderecha, al reivindicar valores tradicionales más propios del Antiguo Régimen que de la era ilustrada que inauguró la modernidad.

¿Pero qué paso las décadas anteriores a la toma de la Bastilla, en 1789, que dio pie a aquella revolución, tal vez la más importante de la historia? ¿Cómo se formó aquel “temperamento revolucionario” que hizo pensar a los franceses —concretamente a los parisinos— que podían reinventar el mundo? Hay causas históricas inmediatas: la sucesión de malas cosechas y las subidas del pan, la crisis económica por las empresas bélicas y la mala gestión fiscal, o la desigualdad entre fastuosidad de la corte de Versalles y las masas hambrientas: “Si tienen hambre, que coman pasteles”, se le atribuye muy famosamente a la reina María Antonieta (probablemente no lo dijo, pero ilustra el sentir hacia la monarquía).