Si baja la presión sobre Rusia, el continente corre el riesgo de normalizar un conflicto sin fin y a gran escala en Ucrania
En la ciudad ucrania de Pokrovsk, en territorio de la provincia de Donetsk todavía bajo control de Kiev, se libra una cruenta batalla terrestre, probablemente decisiva para
//elpais.com/internacional/2025-11-03/ucrania-y-rusia-envian-refuerzos-para-imponerse-en-la-disputada-ciudad-oriental-de-pokrovsk.html" data-link-track-dtm="">la evolución de la guerra de desgaste entre Ucrania y Rusia. Lenta pero persistentemente están avanzando las tropas rusas en todo el frente, en especial en esta zona de Donbás, con el objetivo de completar el control de esta cuenca, cuya soberanía reivindica Putin como condición previa a cualquier negociación para un alto el fuego. Una vez fracasado el teatro diplomático organizado por Donald Trump, primero en la cita de agosto en Alaska y luego con la cumbre anulada que debía celebrarse en Budapest, el presidente ruso se dispone a ampliar su ventaja territorial.
Así, con la atención internacional disminuida, Rusia ha recrudecido su ofensiva. El día a día del este de Ucrania es un constante bombardeo de drones, a los que ahora se suman proyectiles aéreos que recorren hasta 200 kilómetros antes de impactar y arrasan viviendas a medianoche. La media se sitúa entre 200 y 300 impactos al mes. Cientos de ataques a convoyes y estaciones de tren han obligado a cortar una arteria de comunicación por ferrocarril con Donbás, tras morir mil trabajadores de la compañía. El pasado agosto, la ONU calculaba unos 13.800 civiles ucranios muertos y más de 35.000 heridos. Una estimación estadounidense cifra en medio millón de personas los muertos y heridos militares sumados de ambos bandos. Otras estimaciones los elevan a un millón. El frente está sembrado de decenas de miles de cadáveres sin contabilizar.






