Los auditorios en los que doy charlas y conferencias suelen estar llenos de mujeres. Los hombres que las acompañan reconocen mi autoridad, pero no la de sus señoras, que han cocinado la gran mayoría de guisos que ellos se han comido a lo largo de su vida

Desde que publiqué mi primer libro, hará cosa de cinco años, viajo por todo el país dando charlas y conferencias, arriba y abajo, montada en un trasto viejo que hace mucho ruido pero gasta poco, anunciando la buena nueva, inflamando las masas de hambre de cocinar, con aire de predicadora calvinista o vendedora de ungüentos: “¡la cocina está viva!”, “¡la cocina es vuestra!”....

Los auditorios suelen estar siempre llenos, por ese efecto llamada que tiene salir de vez en cuando por la tele, pero muy rara vez hay paridad de género entre los asistentes. Mi público está compuesto, mayoritariamente, por mujeres. Señoras que rebasan los sesenta y cargan más horas de rodaje culinario a la espalda que yo. Saben más. Cocinan mejor. Algunas de ellas hace más de cuarenta años que solucionan a diario desayunos, comidas, meriendas y cenas. Y, aun así, a estas alturas de la película, siguen considerando que pueden aprender algo en una charla de cocina. Es muy curioso.