Por más que intente resistirse, Anfield también empieza a ser una atracción turística con banda sonora propia

Dice un buen amigo mío que perder en Anfield Road siempre conlleva un doble castigo: la derrota sobre el verde, con todo el dolor posible condensado en el resultado final, y la tortura practicada desde la grada en forma de himno, de canción. Admito discrepancias en cuanto a esto. No me considero ningún monstruo y cada cual es muy libre de emocionarse con todo aquello que le alcance el corazón, pero no me quedaría tranquilo sin apuntar que el You’ll Never Walk Alone me parece la epidemia más persistente de todo el fútbol mundial, una mezcla de religión y karaoke que

rget="_self" rel="" title="https://elpais.com/deportes/futbol/2025-11-04/solo-courtois-aguanta-en-el-derribo-del-real-madrid-en-liverpool.html" data-link-track-dtm="">los aficionados del Liverpool practican en cada partido como sustitutivo anglosajón de la santería cubana.

Podría moverme la envidia en tan negra actitud, pero no. Los gallegos tenemos A Rianxeira, que no le va a la zaga en cuanto a iconografía pop y fervor popular. Y en ambos casos mis reservas ya no se centran tanto en la canción como en el culto, incapaz de asimilar tanta efusividad en los comentaristas, los críticos musicales, los aficionados rivales y los hinchas locales, ese coro de voces graves y emocionadas que tienen la capacidad de convertir Liverpool en Lourdes durante, al menos, un par de minutos. Lo que alguna vez fue un himno, se ha trasformado en una experiencia mística -como la de comer en DiverXO o nadar con los delfines en el arrecife Ningaloo-, un acto de fe que hace palidecer a los grandes ritos de cualquier religión organizada: si alguna vez se les ocurriera cobrar entrada solo por escucharlo, llenarían Anfield sin necesidad de echar a rodar el balón.