La expansión territorial para acumular la mayor cantidad de recursos disponibles no es intergaláctica
China y EEUU luchan por dominar la infraestructura global de las próximas décadas. Su apuesta es que esa infraestructura es la Inteligencia Artificial. Esa batalla no está teniendo lugar en el ciberespacio ni lo tuvo nunca. No hay un mundo de los píxeles y un mundo de los átomos. Cada vez que buscamos una calle, pinchamos un enlace o una canción en Spotify, se calie...
nta una placa en otra parte del mundo y se enciende al menos un ventilador. Una conversación casual con ChatGPT es un pequeño incendio que empieza en una central eléctrica y es apenas contenido en un centro de datos por un sistema radiante de refrigeración continua de agua potable que, naturalmente, requiere su propia energía y genera C0₂.
Nos gustaba pensar que había una diferencia: China tenía un sistema operativo autoritario basado en la vigilancia, y EEUU tenía otro, basado en el libre mercado. El resultado fue una jerarquía inversa: en China, los CEO besan la mano de los miembros del partido, que gobierna sus empresas con mano de hierro, centralizando datos y socializando objetivos en un proyecto común. En occidente, la regulación es laxa o ineficaz, y son los presidentes, gobernadores, y alcaldes los que besaban el anillo de las big tech. La segunda administración Trump ha introducido una variante putinesca: los CEO de su séquito pueden operar al margen de la ley, privatizando recursos públicos sin pagar impuestos, siempre y cuanto no ataquen al Kremlin y, cuando yo te llamo, me obedeces sin preguntar. Gracias a Snowden, sabemos que las grandes tecnológicas eran los tentáculos finos de las agencias de inteligencia y aliados desde el 11-S. Ahora son los esbirros de la voluntad de Donald Trump.






