EL PAÍS acompañó al presidente municipal de Uruapan, asesinado a balazos en la plaza del pueblo poco más de un año después de llegar al cargo

—Alcalde, estos cristales están blindados, ¿verdad?

—No, por eso hay que estar pilas

La respuesta del alcalde de Uruapan hizo que se me erizaran hasta las pestañas. Fue este julio. Estábamos recorriendo en una patrulla de policía un laberinto boscoso para encontrar una huerta de aguacate, donde hacía unas semanas el mismo alcalde y su policía habían encontrado un campo de adiestramiento del crimen organizado. Carlos Manzo había llegado a la alcaldía en septiembre del año pasado y desde que llegó al puesto me dijo que, casi cada día, se ponía el chaleco antibalas y salía a patrullar por los alrededores montañosos de la capital del aguacate michoacano. Un negocio que deja unos 3.000 millones de dólares al año. Uno de los jugosos pasteles por los que las mafias del crimen llevan años peleando sin piedad.

En aquel recorrido, acompañados por otro par de patrullas de la Guardia Nacional, me reconoció una obviedad: estaba amenazado. Le pregunté si no tenía miedo. “El miedo es natural al hombre, pero lo dominamos, no dejamos que nos paralice. Además estamos haciendo lo que legalmente nos corresponde”, me respondió desde el asiento del copiloto, mientras daba órdenes por la radio interna: “Abran el perímetro. Todos alerta porque pueden estar otra vez instalados por aquí”. Este sábado, en medio de un evento público en Uruapan, un hombre armado se le acercó y lo tiroteó a quemarropa. El alcalde moría minutos después.