El explorador Shackleton fallaba mucho: sería tentador achacarlo al whisky, pero no era muy aficionado

Coincidiendo con las apasionantes revelaciones sobre los defectos de construcción del Endurance, el barco de Ernest Shackleton, que hubiera hecho mejor llevándolo a Ibiza que a la Antártida, Tato se ha bebido mi preciada bote...

lla de whisky consagrada al célebre explorador polar. La guardaba como oro en paño para honrar en algún momento señalado —con una cogorza antártica— la memoria de uno de los héroes de la conquista del continente blanco y uno de mis personajes favoritos. Apenas han quedado unas gotas, insuficientes para más que hacerle un enjuague a un pingüino.

La botella de Shackleton, estupendo escocés de malta que lleva el nombre del aventurero angloirlandés, me la regaló Jordi Serrallonga y es una maravilla más allá de su preciado (y desaparecido) néctar ambarino. De cristal azulado con tono de iceberg, luce su nombre en letras doradas en la etiqueta sobre un mapa de la costa norte de la Antártida, el Mar de Weddell (donde quedó irremediablemente aprisionado por el hielo el Endurance), y el océano que separa el continente. Aparecen dibujadas la isla Elefante y la Georgia del Sur, con indicación mediante una línea de puntos del esforzado trayecto que hicieron en un bote sir Ernest y otros cinco compañeros para buscar ayuda y rescatar al resto de la partida de la fracasada Expedición Imperial Transantártica (1914-1917) que vagaba por aquel infierno blanco. Veo la etiqueta y no me hace falta beber para abismarme en una borrachera de valor y sufrimiento polar extremos aderezada de hielo, granizo y congelaciones.