Alguien debe decirle que con 18 años no es necesario ir tan rápido por la vida. Ganando o perdiendo, una idiotez es una idiotez, una falta de respeto es una falta de respeto y una fanfarronada es una fanfarronada
Lamine es uno de esos casos que se dan cada diez o veinte años y que llegan para hacer mejor al fútbol. Un jugador al que la lotería genética premió dándole todas las armas que necesita un crack. Velocidad física, técnica y mental; atrevimiento para inventar; y valentía para desafiar rivales, aficiones, críticas. Tiene, además, un componente generacional que nunca me preocupó: no esconde el ego. Más bien lo luce amarilleando el pelo, provocando con su sonrisa, caminando con una soltura algo descuadernada.
target="_self" rel="" title="https://elpais.com/deportes/futbol/2025-10-24/lamine-yamal-bromea-ante-ibai-llanos-y-compara-el-partido-que-les-enfrenta-en-la-kings-league-con-el-real-madrid-roban-se-quejan.html" data-link-track-dtm="">Nada preocupante: para desafiar a un público, un poco de ego es imprescindible. Pero es importante saberlo gestionar.
Porque una cosa es tener la suerte de nacer Lamine Yamal y otra cosa es saber cómo ser Lamine Yamal. El jugador es el privilegiado que nace con todo puesto. La persona es la que debe estudiar la asignatura. No es una materia fácil: fama planetaria. Porque estará obligado a vivir bajo observación. A ser acompañado en esa aventura por tipos disfrazados de amigos que le utilizarán. De que cada palabra que diga, en broma o en serio, sea malinterpretada. No se trata de cambiar su personalidad, sino de no permitir que se lo coma el personaje.






