Una amiga me había advertido por WhatsApp: “¡La presbicia!”, y como son muchos años de amistad deduje que Sánchez estrenaba montura
Sonó el despertador y mi cerebro se desdobló en dos. Una parte pidió café y la otra atender la comparecencia de Pedro Sánchez en el Senado. Ganó la cafeína pero luego, sentada en el Ave que me devolvió desde Sevilla a Madrid, encendí el ordenador y saqué el cuaderno y el boli. Previamente una amiga me había advertido por WhatsApp: “¡La presbicia!”, y...
como son muchos años de amistad deduje que Sánchez estrenaba montura. Pregunté a otra amiga y me mandó un sticker con el nuevo meme presidencial en gafas y mientras pasaba el control de seguridad comprobé, solo de escucharlo, que Sánchez, más allá de la vista cansada, se había levantado condescendiente y señorón.
Pasan cosas curiosas con este oficio del periodismo. Una se sienta en el asiento 1B del vagón 7 y piensa que el resto de vecinos hará lo mismo, que estaremos todos pendientes de otro día más de catastróficos interrogatorios.
Mi vecina de asiento, mientras se zampaba una mandarina y un plátano, miraba con asombro la pantalla de mi ordenador. Aún no sé si porque es una persona que detesta la política y a sus personajes o porque creyó que necesito ayuda profesional con semejantes hobbies audiovisuales. Se puso de lado, encendió su teléfono y buscó en Groupon la mejor oferta para darse un masaje.






