Tal vez no sea la mejor película de Alberto Rodríguez, pero continúa estando en forma: sabe contar historias y plasmar sentimientos
El resultado final en el cine y las series que se inventa Alberto Rodríguez (hasta su nombre carece de énfasis, todo en él suena natural y cotidiano, no alardea de creador, nunca se ha tirado el rollo en profesión tan cómplice de exaltar el ego) es lógicamente imprevisto, sus proyectos le pueden salir mejor o peor,
odriguez-rodriguez/" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/noticias/alberto-rodriguez-rodriguez/" data-link-track-dtm="">pero siempre despiertan mi interés. Las historias que cuenta son ásperas y complejas, habitadas por personajes con transparentes zonas de sombra, frecuentemente amargas, capaces de transmitir verdad. Yo me creo todo lo que cuenta. Y durante un rato me quedo pensando en lo visto y oído. También me crea desasosiego. Me dejó tocado (el villano también puede actuar como un héroe) con la magnífica La isla mínima. Me provocó turbación la noche catártica de inacabable pasote en After. La evolución y los progresivos demonios que envuelven a los integrantes de Grupo 7. Aquella Sevilla inquisitorial, mugrienta y sórdida de la serie La peste. La obra de este señor posee autenticidad y talento.






