Permanecer horas sentado sin pausas activas afecta tanto al bienestar emocional como a la salud física, ya que a medida que el movimiento desaparece de la rutina, aumenta el sedentarismo, lo que está asociado con un mayor riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares

La chilena Paula Díaz llegó a Madrid a trabajar como agente comercial en 2020. Tenía 45 años, una maleta, y un contrato como agente comercial bajo el brazo. Su trabajo, entonces, era un verbo en movimiento entre caminar y negociar. De oficina en oficina, pasando por Madrid y Guadalajara. “Visitaba clientes todo el día”, cuenta a EL PAÍS. Eso era antes. Ahora pasa seis horas —o a veces más— sentada frente al ordenador. Mira el monitor,

cusa-mas-comun-para-no-hacer-ejercicio-y-como-desmontarla.html" data-link-track-dtm="">mantiene el cuerpo quieto, los ojos fijos, el teléfono cerca. El trabajo sigue, pero ha cambiado de forma: se volvió sedentario.

El ejercicio y tantas otras cosas quedaron relegadas a la lista de lo que no entra en el día. “No puedo, no me da”, reconoce. Permanecer horas sentado sin pausas activas no solo afecta la salud física, sino también el bienestar emocional. Y aunque parezca exagerado, quedar como estatua frente a la pantalla sí tiene consecuencias reales. Un estudio de 2021 revela que las personas que trabajan en una oficina —un promedio del 75% de su jornada laboral—, corren el riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares, diabetes y obesidad. Otro análisis más reciente de JAMA Network Open (2024) advierte que estar sentado todo el día incluso aumenta un 16% el riesgo de muerte prematura.