La malagueña pertenece a la estirpe de autores que se imponen sin levantar la voz. Serena y luminosa, sus textos han ido despojándose de la carcasa de lo prescindible
María Victoria Atencia pertenece a la estirpe de poetas que se imponen sin levantar la voz. Serena y luminosa, su poesía ha ido despojándose de la carcasa de lo prescindible hasta convertirse en una escritura —son palabras de María Zambrano— “sin historia, sin...
angustia, sin sombra de duda”. Formada y dada a conocer en el entorno de la revista malagueña Caracola, próxima al grupo cordobés de Cántico, compartía con sus hermanos mayores —Pablo García Baena, Vicente Núñez— refinamiento estético y distancia respecto a las corrientes dominantes. De su personalidad ya da cuenta su primer libro, Tierra mojada (1953), que dejaba entrever una voz clara, contenida y ajena al estrépito. La madurez llegó pronto, con Arte y parte y Cañada de los ingleses, ambos libros de 1961, en los que se reconocen los rasgos que definen su obra de plenitud: armonía musical, invocación simbólica, cotidianidad trascendida.
Vino después un largo silencio, que compartió con tantos otros poetas de su círculo, rarae aves en un contexto cultural dominado por el realismo, la vocación comunicativa y el compromiso explícito. De aquel retiro purgativo, “María Victoria Serenísima”, como la denominó el malagueño de adopción Jorge Guillén, regresó en 1976 con dos libros espléndidos: Marta & María, que aunaba las dos caras evangélicas de la acción y la contemplación, personificadas en las hermanas del Lázaro resucitado, y Los sueños.






