El acceso al Palau Sant Jordi lleva días con seguidores de la diva estadounidense esperando a que abran las puertas

En los conciertos multitudinarios existe un termómetro que marca las toneladas de arte, el número de fans y el éxito —sea lo que sea que signifique— de los cantantes. Este termómetro lo ha inventado la pintora (tatuadora de profesión) Esther Moya González. Una artista madrileña que aprovecha las actuaciones de la farándula nacional y, sobre todo, internacional para colocar su trípode y un lienzo en blanco mientras los fans hacen cola, se aburren, gastan la batería del móvil, se autosicoanalizan y comen fiambres, patatas de bolsa y cosas peores. ...

En esas horas de espera, Moya pinta al óleo un retrato del artista en cuestión. Los fans revisan, hipnóticamente, las pinceladas mientras sueñan que al abrir las puertas del estadio correrán al sprint alcanzando el lugar privilegiado desde el que contemplar un concierto que, en el peor de los casos, formará parte de su historia sentimental. Moya siempre se marca como objetivo acabar el cuadro mientras dura la espera y que alguien de la organización haya informado a la cantante de turno que esa pintora callejera quiere entregarle una obra diseñada mientras miles de personas esperan.