La artista norteamericana impone su retorcido jolgorio en el primero de sus tres conciertos en la capital catalana
Media hora escribiendo en pantalla, de rojo, con pluma roja, en un pergamino que recogió tras media hora de escritura. Paz, sosiego, concentración. Tras ese la tormenta. También roja. Apareció ella sobre una estructura que recordaba las faldas del siglo XVIII, versallescas. Rugido en la pista. Las pulseras repartidas en la entrada titilaron gradualmente en rojo, partiendo de la cabeza de la pasarela que se adentraba en la pista. Lady Gaga estaba en escena, dando sentido a todo, a ese escenario con forma de palco de teatrero lírico que tan muerto e inane había parecido hasta entonces.
El espectáculo se inició de forma atronadora, uniendo las canciones del primer acto de manera que ni respirar se dejaba a la multitud que llenó el primero de los tres conciertos de Lady Gaga en Barcelona. Sonaban Bloody Mary, todo rojo, Abracadabra, se mantenía el color sangre y Judas, aún más rojo. En el escenario, en las gradas, en las pulseras de las personas que ya entonces solo bailaban y gritaban. Rodeando a la diva un enjambre de bailarines, abejas girando en torno a la reina, segura, dinámica, pisando con firmeza el escenario. En el sexto tema, y tras simular que escribía de nuevo como una antigua amanense, el rojo dio paso al verde al sonar Garden Of Eden, mientras que en el siguiente tema, Poker Face, un tablero de ajedrez tomaba el pasillo que partía del escenario y todo eran fichas. Colorido, ritmo rotundo, volumen estridente pero definido. El concierto estaba ya lanzado en el primero de sus actos.






