Estados Unidos acuerda con Finlandia la compra de 11 de estos colosos para contrarrestar el empuje de Rusia y de China
Hace tiempo que el Ártico dejó de ser una región remota, inhóspita, prácticamente inaccesible y todo menos tangible para el común de los mortales. Lejos de aquella imagen, esta zona hoy es un hervidero en dos frentes: el económico, con vastos yacimientos de recursos energéticos y mineros, y el geopolítico, con una pelea por su dominio cada vez más feroz entre las principales potencias del hemisferio norte. Una carrera que requiere, sí o sí, de un ariete naval: grandes (y costosísimos) buques necesarios para abrir trocha sobre un mar aún gélido.
El Ártico es caza mayor. Para Rusia, el país con más bases militares al norte del círculo polar y una flota de casi medio centenar de rompehielos —más que en toda la OTAN—, entre ellos varios de tipo nuclear —con reactores atómicos a bordo, que les dotan de una autonomía mucho mayor que los propulsados por diésel o gas natural—. Para China, que aunque es mucho más lejana en lo geográfico se define como “un Estado casi ártico”, con cuatro de estos buques en servicio y uno más en cartera. Y para Estados Unidos, que hoy cuenta con una reducidísima flota para su envergadura y cercanía física (solo tres buques), pero que empieza a pisar el acelerador para no quedarse atrás: ambiciona superar el medio centenar a largo plazo y acaba de cerrar un acuerdo con Finlandia para comprarle 11 unidades.






