¿Despertaremos de esta pesadilla destructiva, intolerante y vocinglera en que han conseguido encerrarnos?

Que yo sepa, solo hay algo peor que un sanchista histérico, de esos que llevan al cuello un escapulario de Pedro Sánchez, y es un antisanchista histérico, de esos que consideran a Pedro Sánchez la personificación del Maligno. El problema es que el debate político en España parece monopolizado por esos dos fantoches, y que todo conspira para desterrar cualquier discusión ra...

cional o matizada; quien la intenta es demonizado con el peor insulto: equidistante. Basta con ver esos debates televisivos donde los tertulianos de izquierdas regurgitan el argumentario de la izquierda y los tertulianos de derechas regurgitan el argumentario de la derecha. Por supuesto, este envenenamiento deliberado del debate público no es privativo de nuestro país, sino solo la versión carpetovetónica del espejismo de debate universal propiciado por las redes sociales, cuya prosperidad depende de mantener nuestra atención fija en la pantalla el máximo tiempo posible, con el fin de que las empresas puedan acceder a nuestros datos personales y vendernos todo lo vendible a través de nuestros dispositivos digitales. Se trata de un modelo de negocio perverso que está corroyendo la democracia, porque, como dice Michael Sandel, “nos separa en burbujas de afinidad y alienta la forma más inflamatoria y sensacionalista de debate ideológico, destruyendo la posibilidad de discusión y desacuerdo público razonable”. ¿Resistirán nuestras democracias esta embestida de sectarismo furioso? ¿Nos dejaremos arrastrar al matadero de una histeria inducida por el poder, que necesita una sociedad dividida y polarizada, donde nadie escucha y todos gritan? ¿Permitiremos que nos sigan enfrentando artificialmente?