Las estancias de la Casa de Alba custodian un ingente legado artístico, pero también decorativo. Entramos en uno de los secretos mejor guardados del patrimonio madrileño para contar una historia inédita
En el jardín del Palacio de Liria hay diez esfinges. Nadie sabe con exactitud desde cuándo están ahí. Puede que en 1785, cuando se inauguró este palacio, decorasen el friso de la fachada principal de este edificio concebido por el francés Guilbert y concluido por Ventura Rodríguez. Los historiadores creen que su ubicación actual, custodiando senderos o flanqueando escalinatas, pudo decidirla Jean-Claude Nicolas Forestier, el arquitecto paisajista más importante de la belle époque, autor de buena parte de las promenades de París, pero también del Parque María Luisa de Sevilla o los jardines de Pedralbes de Barcelona. De hecho, una de esas esfinges aparece en una fotografía que el propio Forestier tomó en 1916, cuando rediseñó el jardín, distribuyó fuentes y esculturas y creó un intrincado parterre que hoy conserva su forma original. Es una excepción: durante la Guerra Civil, un avión del bando sublevado destruyó los interiores del palacio, del que solo quedaron las cuatro fachadas. Por eso, con las esfinges sucede como con todos los demás elementos del palacio: su historia exige ser contada con varias voces, en distintos tiempos, a partir de visiones no siempre coincidentes. Y aun así, una vez unidas todas las piezas, el puzle sigue guardando más de un secreto.






