En un mundo como el de hoy, de necesario feminismo, adaptar esta obra de teatro conlleva más dificultades de las previstas

Desde una concepción quizá un tanto simplificadora, frente al habitual calificativo de misógino ejercido hacia August Strindberg y su teatro, Henrik Ibsen, el otro gran dramaturgo escandinavo de finales del siglo XIX, ha sido concebido a menudo como precursor del feminismo literario, sobre todo gracias a Casa de muñecas. Sin embargo, ante Hedda Gabler, otro de los grandes títulos del genio noruego, resulta bastante más complejo encontrar su poder emancipador, ya sea como férrea defensa de la mujer, o como descripción palpable de ...

las poderosas razones que llevan a su mezquino personaje principal a hacer lo que hace a lo largo de la obra.

Caprichosa, manipuladora, ambiciosa y retorcida, la Hedda Gabler del título, convertida en Hedda Tesman tras un matrimonio con un hombre al que no quiere, nunca busca el afecto sino el dominio. Ahora bien, al mismo tiempo, también podría configurarse como una mujer que despliega sus artes, principalmente la seducción, en busca de su propia libertad en una sociedad patriarcal en la que tal cosa resulta inconcebible. Las contradicciones de Hedda no son fáciles de entender ni de soportar, pero son precisamente estas las que la convierten en fascinante, y en uno de los grandes personajes de la historia del teatro.