La manera en que cada persona experimenta el cambio de estación depende tanto de factores biológicos como emocionales, y pueden compensarse conservando buenas rutinas, vida social y una exposición diaria al sol
El otoño tiene un punto melancólico. Las hojas caídas, los tonos ocres de nuestros parques y campos, el pensamiento recurrente de dejarnos envolver por el sofá y la manta para sobrellevar la pérdida de luz. Para muchas personas, además, el otoño trae consigo fatiga, falta de energía, menor concentración o decaimiento. Es lo que se conoce como astenia otoñal, y que, lejos ...
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de ser un diagnóstico clínico, es el intento de describir un conjunto de síntomas leves y transitorios que pueden llegar de la mano del cambio estacional.
“No hay una enfermedad detrás, sino una respuesta fisiológica adaptativa a los cambios de luz, que en algunas personas puede ser más marcada”, explica María José Martínez Madrid, bióloga y coordinadora del grupo de trabajo de Cronobiología de la Sociedad Española de Sueño (SES). Y es que, después del verano se retoman las rutinas que marcarán con su batuta el ritmo frenético del curso escolar o laboral. Los horarios se vuelven más rígidos y las responsabilidades inaplazables en un momento de cambio en el que el cuerpo y la mente se deben adaptar al acortamiento de los días y la pérdida de luz.






