Las expulsiones de inmigrantes a países africanos sin apenas garantías buscan sembrar el miedo entre quienes se hallan en EE UU en situación irregular
En su estrategia de aterrorizar a los inmigrantes indocumentados instalados en Estados Unidos, el Gobierno que preside Donald Trump está presionando con todo tipo de recursos diplomáticos y económicos a 30 países africanos para que se plieguen a recibir vuelos con los detenidos en las polémicas redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas estadounidense. Se trata de una nueva tergiversación de la ley que desemboca en la indefensión jurídica de los deportados, en su abandono en un limbo ajeno al derecho internacional y en la incertidumbre sobre su situación real en los países de destino. Lo peor es que esta agresiva iniciativa —que incluye encadenar a los inmigrantes o inmovilizarlos con camisas de fuerza— está teniendo sus frutos: al menos cinco naciones —Ghana, Esuatini, Sudán del Sur, Ruanda y Uganda— han firmado ya con Trump algún acuerdo en este sentido.
Particularmente perverso resulta que esta estrategia persiga un efecto secundario: que el miedo a terminar indefensos en cualquier país haga que los residentes sin documentos abandonen voluntariamente el territorio estadounidense en lo que se conoce como “autodeportaciones”. Esta es otra prueba de la utilización de la coacción y el amedrentamiento como herramientas en la acción política del mandatario estadounidense. Una maniobra inaceptable que puede, por un lado, tener consecuencias legales por la violación de derechos de ciudadanos extranjeros en suelo estadounidense y, por otra, colocar a algunos países de África en un obsceno plano de sometimiento respecto a Washington.






