Ir a la peluquería, hacerse una manicura o ponerse un poco de colorete son pequeños gestos que implican una toma de control sobre la imagen y un signo de esperanza sobre la adversidad. Expertos explican hasta qué punto puede ayudar en procesos de tristeza y duelo

“Dos brochazos”. Eso es lo que necesita Olvido, una sevillana octogenaria con problemas graves de corazón que apenas le permiten caminar unos metros sin asfixiarse. Ella acude, cada mañana, a desayunar con las amigas con el cabello blanco bien peinado, las gafas de sol coordinadas con la ropa y el maquillaje impecable. “Que no falten los dos brochazos de maquillaje”, insiste, con un hilo de voz. ...

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Este gesto, mecanizado en unas ocasiones y meditado en otras, no es superficial. Implica una toma de control sobre la imagen y un signo de esperanza sobre la adversidad. Lo sabe Olvido y lo saben muchas personas que atraviesan procesos de malestar, tristeza o duelo. La teoría, aunque sea de manera inconsciente, la conocemos: hay que cuidarse para sentirse bien. Como afirma la psicóloga Elena Daprá, “es una forma de recordarnos que seguimos vivos”. Esta psicóloga sanitaria con 22 años de experiencia y mirada internacional defiende la importancia de las rutinas: “No hablamos de frivolidad, sino de actos que reafirman la propia identidad en momentos en los que el dolor amenaza con borrarlo todo”.