Cuatro de las 20 ciudades con más renta per cápita de España están en este pequeño territorio, que acumula problemas en transporte público, educación y sanidad

La historia del Maresme, la pequeña comarca alargada que cubre la costa al norte de Barcelona antes de que se convierta en la Costa Brava, siempre ha basculado entre dos almas: tranquilidad y actividad, ocio y negocio. Ya era así para los romanos, que instalaron ahí sus villas para gozar de la calma, pero que también supieron explotar el territorio con sus viñas. Del Maresme salieron con ímpetu los repobladores de Mallorca —entre ellos, la familia de Ramon Llull— y al Maresme fueron a descansar los que habían ido a hacer las Américas. Ya...

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en tiempos modernos, esta dualidad se veía en el hecho de que los pueblos de montaña de esta comarca fueron los primeros destinos de veraneo para la burguesía barcelonesa, y a la vez este territorio, con sus fábricas textiles, tenía una fuerte actividad industrial, lo que motivó la construcción de la primera línea de tren de España, Barcelona-Mataró, en 1848.

Hoy, cuando la misma línea de tren es una de las que acumula más incidencias de la red de Rodalies y tarda prácticamente el mismo tiempo que hace 177 años en llegar a su destino, el Maresme sigue siendo, y cada vez más, el lugar que personas con cierto nivel de renta escogen para vivir, pero la actividad industrial es ahora anecdótica. Así se explican los contrastes del Maresme: una comarca con 472.572 habitantes, que ha crecido más de un 8% en una década, y donde conviven las ciudades con más renta per cápita de España, que tienen cada vez más riqueza, y poblaciones con menos recursos y con servicios públicos tensionados.