Los hijos de una clase media empobrecida y enfurecida respaldarán un totalitarismo democrático que puede abolir con sus votos la democracia liberal

La democracia liberal está muerta. O casi. Como el liberalismo que le confería el relato institucional que argumentaba su vigencia y le daba un propósito. Siento decirlo, pero ya no veo liberales alrededor. Nunca pensé que pudiera decir aquello que sostuvo Daniel Cossío Villegas en pleno auge del PRI mexicano: “Soy un liberal de museo”.

Cuando escribí El liberalismo herido en 2021, aún tuve ganas de introducir en el título un rayo de esperanza al decir que era una: Reivindicación de la libertad frente a la nostalgia del autoritarismo. Trump se iba de la Casa Blanca tras un golpe de Estado. Entonces pensaba que el malestar que lo había aupado al poder, podía convertirse en una poderosa nostalgia de orden y prosperidad si los demócratas y republicanos moderados no lo impedían con inteligencia y ejemplaridad. Sin embargo, bastaba que Trump convenciera a las clases medias de que el liberalismo progresista y conservador eran los responsables de su decadencia, para que volviera al poder. Así se fraguó una poderosa narrativa revisionista que impugna la democracia liberal en todo Occidente. Siento decir que lo anticipé. También cuando conecté el fenómeno con una internacional reaccionaria que apoyaban las corporaciones tecnológicas y propagaban las redes sociales.