El monarca participará en un servicio religioso junto al papa León XIV

Han pasado ya casi cinco siglos desde aquel particular Brexit en el que Enrique VIII, empeñado en conseguir un divorcio de Catalina de Aragón que el Papa no le concedía, se dejó llevar por el viento revolucionario de la Reforma, soltó amarras con la Iglesia católica y decidió convertirse en el Supremo Gobernador de su propia religión, la anglicana. Desde aquella escisión, Carlos III será el primer monarca británico que rece junto al Pontífice, durante su visita de Estado de la próxima semana a la Santa Sede. La sombra escandalosa de un hermano de quien casi nadie duda ya que abusó sexualmente de una menor, y que nunca ha pedido perdón por ello —ni él, ni el palacio de Buckingham— era demasiado pesada en un viaje tan profundamente espiritual y moral.

“Será la primera visita de Estado, desde la Reforma, en la que el Papa y el monarca rezarán juntos en un servicio ecuménico en la Capilla Sixtina, y la primera vez que el monarca atienda un servicio religioso en la Basílica San Pablo Extramuros, una iglesia con una conexión histórica con la Corona inglesa”, ha explicado un portavoz del palacio de Buckingham.

Carlos III es un hombre profundamente creyente, que asume con total rigor su papel de cabeza suprema de una iglesia que cada vez tiene menos fieles. La decisión de apartar lo más posible a su hermano de la esfera pública, y de tomar toda la distancia posible del personaje que más estaba contribuyendo a deteriorar la imagen de la Corona, se venía fraguando desde hacía mucho tiempo. El continuo río de escándalos en torno al hasta ahora duque de York suponía una constante fuente de distracción, que debilitaba los esfuerzos del rey y de su hijo y heredero Guillermo, el príncipe de Gales, por construir una nueva monarquía más moderna, eficaz y seria.