La cantante y compositora brasileña, que inicia hoy en Madrid una minigira europea, ha peleado para construir una identidad artística al margen de la figura de Tom Jobim
En la casa donde nació Maria Luiza Jobim (Rio de Janeiro, 38 años), la religión era la música. A los siete años entró en un estudio para grabar con su padre, António Carlos Jobim, sumo sacerdote de la internacionalización de la bossa nova. Sin él, el mundo no cantaría ese himno a la felicidad que es Garota de Ipa...
nema. Tras la muerte del padre, guardó la música en un cajón metafórico. Hizo su vida: estudió arquitectura y luego letras, mientras deambulaba por la electrónica con una banda que tocaba en pequeños locales ocultando su apellido, necesitada de probarse a sí misma. Así fue hasta que se convenció de que no tenía sentido seguir esquivando ni la música ni el origen y en 2019 publicó Casa Branca, donde homenajea a su padre. A punto de lanzar su tercer disco, este jueves comienza en Madrid (Recoletos Jazz) una minigira europea en la que participa el portugués António Zambujo. Están recién casados y, en su concierto en Lisboa, llevaron al escenario una química de sala de estar.
Pregunta. Esta es una gira muy especial por lo artístico y lo personal.






