Las víctimas acuden con mayor frecuencia al sistema sanitario, un entorno privilegiado para detectar y ayudar a las mujeres

La francesa Gisèle Pelicot, que fue violada durante años por su marido y decenas de hombres con los que este contactaba por internet, iba a menudo al médico con dolores de cabeza, pérdida de memoria y otros síntomas que nunca se relacionaron con la violencia que sufrió. Es un caso extremo: narcotizada, ni siquiera ella era consciente de lo que padecía. Pero muchas otras víctimas de violencia de género sí lo son y, como indican varios estudios,

.nih.gov/21724413/" target="_blank" rel="noreferrer" title="https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/21724413/" data-link-track-dtm="">van más al médico que la media, lo que convierte a los centros de salud en un lugar privilegiado para detectarla.

“La violencia de género es un problema de salud pública que tiene cura. Y lo único que puede acabar con ella es el sistema sanitario”, decía este jueves Miguel Lorente, forense y una de las voces más respetadas en la materia, en el congreso nacional que la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (Semergen) está celebrando en Granada, y al que EL PAÍS ha acudido invitado por la organización.