El acuerdo entre Israel y Hamás sobre la primera fase del plan de fase de Donald Trump genera sentimientos entre los pueblos israelí y palestino
A la vista de las celebraciones en Tel Aviv por el pacto para implementar la primera fase del plan de paz de Donald Trump para Gaza, no cabe sino preguntarse qué han obtenido los palestinos. Sin duda, el fin de los bombardeos y del bloqueo de la ayuda humanitaria es algo. Detener la masacre era lo primordial, pero el futuro palestino sigue en manos de Estados Unidos. Esto, no puede ignorarse, es el gran triunfo ...
israelí.
En 1993, Mahmud Darwish, quizá la conciencia más lúcida del pueblo palestino, dijo, para escándalo de muchos, incluso del Comité Ejecutivo de la OLP, al que pertenecía, que los Acuerdos de Oslo eran una solución israelí a un problema israelí. Treinta y pico años después el plan de paz de Trump es, por así decir, una solución estadounidense a un problema estadounidense. No es solo que Donald Trump tenga una fijación con el premio Nobel de la Paz digna de manual de psicología y haya llevado al límite las formas y los tiempos del acuerdo, sino que sus 20 puntos pivotan en torno al objetivo principal de Estados Unidos en la región, que es el mismo de Israel: rediseñarla. Ante la imperiosidad americana, los palestinos se han quedado completamente solos: los países “amigos” (Qatar, Turquía, Egipto) han forzado la firma de Hamás. Como si así se fuera a detener la historia que Trump está acelerando, aunque sea para volver al pasado.








