La bronca por la devolución de los cadáveres y las represalias de Israel ralentizan el diálogo sobre los próximos temas clave, como el desarme de Hamás o el nuevo Gobierno en la Franja

El pasado lunes ―con los milicianos de Hamás controlando las calles de media Gaza, la mayoría de cadáveres de rehenes israelíes por devolver y un Gobierno tecnocrático, fuerza multinacional y órgano extranjero supervisor todavía en el papel―, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció en su red social: “La segunda fase ha comenzado ahora mismo”. Nadie sabe muy bien a qué se refería: es justo la parte de su plan para Gaza que concentra todos los asuntos de largo aliento y espinosos (desarme de Hamás, nueva administración de la Franja, fin del repliegue israelí…). Y,

arget="_self" rel="" title="https://elpais.com/internacional/2025-10-18/ultima-hora-del-conflicto-en-oriente-proximo-en-directo.html" data-link-track-dtm="">si algo ha demostrado esta primera semana de alto el fuego, es que su negociación y puesta en práctica será peliaguda.

El plan para Gaza que Trump presentó bombásticamente el 29 de septiembre en la Casa Blanca junto con Benjamín Netanyahu (después de que el primer ministro israelí introdujera cambios de última hora en el borrador final) no dividía expresamente el proceso en fases, pero pronto los mediadores comenzaron a dividirlo en dos. Para la primera, todo fueron prisas: un primer repliegue parcial israelí, el ingreso masivo de ayuda humanitaria y, sobre todo, la entrega por Hamás de los últimos 20 rehenes vivos a cambio de la excarcelación de casi 2.000 presos palestinos, la gran mayoría (unos 1.700) retenidos sin cargos tras redadas masivas en los dos años de invasión con vistas a usarlos como moneda de cambio. Sucedió el lunes.