Los expertos aconsejan ser claros con los empleados sobre el futuro de la compañía y darles tiempo para asumir la nueva situación después de un proceso que puede ser traumático
Después de semanas, e incluso meses, de negociaciones, más o menos amistosas según los casos, en los que una fusión o adquisición empresarial se juega en los despachos de los altos directivos, llega el momento de que la pelota se baje a la tierra. Es decir, al día a día de los empleados de ambas compañías. Esos que, por lo general, miran con recelo cuál será el futuro tras la unión....
“Los trabajadores van a tener dudas. Lo primero que pensarán es si lo van a despedir, si le cambiarán al jefe, si tendrá una nueva ubicación, si seguirá trabajando con sus compañeros o si hay posibilidades de un plan de carrera en la compañía nueva”, cuenta Guido Stein, profesor de dirección de personas del IESE. Es lo que teoriza que pasará por la cabeza de los empleados del Banco Sabadell, objeto de una opa hostil lanzada por el BBVA. “Son las mismas preguntas que deberían tener unos cuantos del BBVA, porque también se van a ver afectados”, añade.
“Generalmente, son procesos traumáticos, tanto a nivel organizativo como personal”, asegura Custodia Cabanas, profesora de comportamiento organizativo y liderazgo en IE University. Las fusiones suponen, en su opinión, un “reto brutal” desde el punto de vista de recursos humanos, porque la mayoría de las veces los puestos son redundantes, por lo que esas uniones implican que la gente salga, “sobre todo los de la compañía fusionada, que suelen ser los que paguen más las consecuencias”.






