Dos años después del inicio de la guerra en Gaza nada está claro; ni las circunstancias en las que comenzó, ni mucho menos cómo va a terminar

1. Por aquí, la sociedad está dividida entre quienes ya no soportan oír hablar de Gaza y quienes son incapaces de dejar de pensar en nada que no sea Gaza. Me incluyo en estos últimos, porque la magnitud de cuanto se está viviendo en esa franja de tierra a orillas del Mediterráneo, y lo que ocurre ahora

-en-gaza.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/internacional/2025-10-04/israel-se-prepara-para-la-liberacion-de-los-rehenes-y-ordena-a-su-ejercito-reducir-los-bombardeos-en-gaza.html" data-link-track-dtm="">en la propia Ciudad de Gaza, cuyo grado de sufrimiento no podemos ver sobre el terreno, pero podemos intuir gracias a los satélites, ha alcanzado una dimensión simbólica que parece condensar algo que tiene que ver con el destino de la humanidad.

Hacen bien, pues, quienes pasean por la tarde en el jardín, escuchando a los pájaros y oliendo las flores para poder dormir tranquilos, en distanciarse de los supuestos discursos tremendistas y del análisis frío del fracaso del derecho ante el poder de la fuerza. Con todo, no creo que la guerra entre las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y Hamás deje de perturbar el sueño de quienes ya no soportan oír hablar de Gaza, porque una cosa es no querer hablar y otra no querer sentir. Hartos o comprometidos, creo que a todos nos asalta la misma sospecha de que la reproducción de la lógica de la destrucción mediante la fuerza armada ha irrumpido definitivamente en nuestras vidas desde el 7 de octubre de 2023. Desde entonces, nos ha sido revelado lo que había permanecido más o menos oculto: pueblos que deberían haberse comprometido en construir vecindades pacíficas, como anhelaban políticos, músicos y poetas, israelíes, árabes y palestinos, han acabado prisioneros de fanáticos religiosos extremistas, cada uno por su lado, que impiden toda negociación y diálogo.