El presidente de EE UU critica en la Asamblea General de Naciones Unidas la lucha contra el cambio climático, que tilda de “la mayor estafa del mundo”, y exige a Europa que deje de comprar gas y petróleo ruso “para poner fin a la guerra” en Ucrania

Con un discurso incompatible con las reglas más básicas de la diplomacia, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha aprovechado la tribuna de la Asamblea General de Naciones Unidas para hacerse publicidad como pacificador en jefe —resolviendo guerras que la ONU es incapaz de terminar, subrayó— y el estadista que ha devuelto a EE UU a una edad dorada. También se ha presentado como el azote de cualquier cosa que suene a multilateralismo, incluido el desarrollo sostenible, uno de los objetivos declarados de la organización.

Su intervención ha superado el tiempo del que disponen los mandatarios para dirigirse a la Asamblea, pautado al milímetro en el caso del resto de líderes, pero que en su caso nadie se atrevió a limitar: no apareció la luz roja que indica que el tiempo se ha acabado. En su discurso, el republicano desplegó primero bromas y chanzas para enseguida arremeter contra el orden mundial, el papel y la eficacia de la ONU e incluso el derrotero del resto de sus países miembros, a los que, advirtió, “la inmigración está arruinando”.