El español clava un domingo perfecto en Bakú para subirse al cajón por primera vez como piloto de Williams

En la Fórmula 1, al igual que ocurre en muchas otras disciplinas, los resultados tienen más o menos mérito en función de lo previsibles que sean. Precisamente por eso hay que rendirse ante la tercera plaza que Carlos Sainz logró en Azerbaiyán, donde clavó una carrera perfecta para llevarse su primer podio enfundado en el mono de Williams, que volvió a ver como uno de sus pilotos descorchaba el champán cuatro años después de la última vez. En una prueba dominada con una autoridad absoluta por parte de Max Verstappen, Sainz se quitó de encima el mal fario que parecía perseguirlo desde que comenzó a competir subido al coche de la escudería de Grove (Gran Bretaña), inmersa en un profundo proceso de refundación, mucho más exigente que reconfortante, salvo en jornadas como esta última en Bakú. Colocado el segundo en la parrilla después de maximizar el potencial de su coche en la cronometrada más accidentada de la historia del certamen –seis banderas rojas–, el español perdió una posición que fue a parar George Russell gracias a la estrategia de Mercedes, que identificó una ventana prácticamente inexistente para adelantar al madrileño en los talleres. Fernado Alonso, por su parte, fue sancionado por adelantarse en el momento de la salida –reaccionó al movimiento de Oscar Piastri, que también se anticipó, en vez de al semáforo– y cruzó la meta el 15º.