La presidenta de la Fundación Pasqual Maragall explica que su padre, el exalcalde de Barcelona diagnosticado hace 18 años de la enfermedad, “está muy tranquilo y sigue una vida muy rutinaria”

Han pasado casi dos décadas desde que el expresidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, anunciase que padecía alzhéimer. En una multitudinaria rueda de prensa y sin remilgos, el que fuera también alcalde de Barcelona levantó de un golpe todos los velos de estigma que caían sobre esta dolencia neurodegenerativa y alzó la voz:

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na/1192917608_850215.html" data-link-track-dtm="">reveló su diagnóstico, sacó la enfermedad a la calle y se conjuró para combatirla desde la ciencia más puntera. La Fundación Pasqual Maragall es hoy un centro de investigación de referencia internacional. Él ya no es consciente de su propia encomienda, la enfermedad ha borrado cualquier traza de recuerdo de esos primeros años de empeño personal, pero su hija, Cristina Maragall (Barcelona, 58 años), presidenta de la institución, mantiene vivo el legado de su padre y lúcido su propósito.

Atiende a EL PAÍS en su despacho de la fundación, en Barcelona. Habla tranquila, no rehúye preguntas. Ni siquiera las más íntimas. Se explaya con naturalidad sobre su padre. “Si veo las imágenes de mi padre de hace años, es ahí donde me duele... En el día a día no porque es mi padre y me lo paso bien con él, aunque no me conozca. Me gusta cuidarle. Me compensa. Si veo que está bien ese día, ya es suficiente. Pero a la que te pones a mirar para atrás o para adelante… Hay que vivir al día, no puedes dibujar un camino porque eso es horrible", reflexiona.