En esta ciudad del noroeste de Perú, donde fue obispo el actual Papa, espera un bonito patrimonio arquitectónico y una deliciosa gastronomía. Y a su alrededor, importantes yacimientos de culturas prehispánicas e incluso preincaicas
Quizá sea exagerado decir que ha sido el Papa actual quien ha puesto a Chiclayo en el mapa. El nombre de esta ...
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ciudad del noroeste de Perú, y sobre todo el nombre del departamento del que es capital, Lambayeque, eran y son bien conocidos por arqueólogos, aventureros y amantes del arte. Aunque no tan célebres como Machu Picchu, Cuzco o las figuras de Nazca, los vestigios en esta parte del país de culturas muy anteriores al imperio inca son de extraordinario relieve.
La ciudad de Chiclayo, aunque importante (es la quinta en población de Perú, con todo lo que eso conlleva de mercados, bancos, hospitales, etcétera), a primera vista da la impresión de ser un lugar algo desangelado, por no decir anodino, con edificios modernos, sin apenas trazas del pasado. Y, sin embargo, era ya un poblado cuando franciscanos españoles la refundaron, en el siglo XVI, levantando una iglesia y un convento. En torno a esa iglesia matriz fueron creciendo calles y edificios, y en 1835, ya con la independencia de la nación, fue distinguida con el título de “ciudad heroica”. El motivo de la falta de vestigios antiguos, aparte de incendios y catástrofes, es el fenómeno climático del Niño, que cada 7, 10 o 15 años arrasa con lluvias torrenciales, y el aumento del caudal de ríos. Especialmente poderosas y dañinas fueron las tormentas de 1998, que marcaron un doloroso récord en los registros históricos. También en 2017 el entonces obispo Prevost tuvo que pechar con las calamidades del Niño.






