La exposición ‘Anagnórisis’, hasta el 11 de octubre en la galería madrileña The Goma, muestra papeles y lienzos de pequeño formato donde la huella de la amenaza, la sordidez o el dolor nunca abandonan la escena

Cuando en 2022 Marie-Christine Frison entró a vaciar la buhardilla parisiense en la que había habitado Monique Gies, su madre recién fallecida, se topó con un centenar de pequeños cuadros apilados en una estantería, como si fueran libros. Los bajó para verlos bien, y entonces -así lo cuenta- sintió que el cielo caía sobre su cabeza. Aquellas pinturas, con mujeres convertidas en muñecas desmembradas, vulnerables, encerradas o maltratadas, describían las experiencias traumáticas de Monique Gies, su autora, con una precisión y una crudeza perturb...

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adoras. Pero, además, su calidad era evidente. “Hablé con mis hermanos para preguntarles qué podíamos hacer con aquello, y ellos me dijeron que tirarlo a la basura”, recuerda. “Respondí que, mientras yo estuviera con vida, no haríamos tal cosa. Y me obsesioné con los cuadros”.

Resulta comprensible, porque la historia que contaban sus imágenes era antigua, pero tenía ramificaciones en el presente, cruzando las generaciones. Para los cuatro hijos de Monique Gies (París, 1934-2022) todo había empezado en 1977, cuando un buen día, su madre de 43 años, directora de una escuela en Estrasburgo, casada y con una plácida existencia burguesa, abandonó la gran casa familiar en la que todos vivían para marcharse a vivir sola en París, en una habitación de 9 metros cuadrados. Es imposible que un niño pueda asumir los motivos de su madre para hacer eso, y ni Marie-Christine ni sus hermanos lo hicieron en aquel momento. “No entendimos nada, nadie lo entendió”, afirma. “Yo ahora sí lo entiendo, porque también tengo hijos, y sé que cuando se los abandona es porque no se tiene otra solución. Y mi madre no tenía otra solución”.