Podría ser el intrigante título de una novela si no fuera porque el estrago materno atraviesa a perpetuidad toda cultura y religión, esas juezas del ilimitado goce femenino. El psicoanálisis lacaniano coloca desorbitadamente la relación madre-hija en un voraz pantanal, donde el deseo materno son las fauces abiertas de un cocodrilo que pueden cerrarse intempestivamente sobre la niña, produciendo el ravage (estrago), esa relación sin límites y a la vez imposible que oscila entre la intensidad afectiva y la hostilidad. Empujada constantemente a interrogarse por lo femenino, deseosa de encontrar esa sustancia que la madre no le podrá dar del todo —porque ella misma no lo ha recibido como hija— la mujer/artista podrá sin embargo transportar ese “imposible” a una creación individual que la liberará por fin de su ascendente y así podrá cerrar el círculo.

No son pocas las autoras cuyas obras se describen como una experiencia más o menos fatigosa con la madre: el arte feminista puede ser visto como una larga secuencia sobre el patológico asunto. Frida Kahlo, Mary Kelly, Kiki Smith, Louise Bourgeois, Chantal Akerman o Tracey Emin invocaron la libertad interior de dejar de ser acosadas por sus propios superegos maternos, al disociar sus cuerpos y todo tipo de materiales humildes, blandos, en una simbología de adoración a la madre.