La libertad debe volver a Venezuela. Su ejemplo impedirá que los regímenes autoritarios de izquierda y derecha sigan pisoteando el Estado de derecho
Imaginar que todos los países de América Latina sean regidos por un orden republicano respetuoso de la libertad y la democracia parece una utopía. Puede no serlo. La vida de los pueblos no se mide en años sino en décadas, y a veces en siglos. A golpes de experiencia, muchas veces terribles, finalmente aprenden de sus errores.
Es el caso de los venezolanos. En 1998, entregaron todo el poder a un falso salvador que usó la democracia para acabar con ella (y con las instituciones y la ejemplar empresa pública PDVSA), todo bajo la guía de Fidel Castro, su padre espiritual. Ungido por Hugo Chávez, llegó Nicolás Maduro, un tirano sangriento que, junto con su camarilla, ha llevado al país a la mayor implosión de la historia iberoamericana. Pero como el populismo no mata a los pueblos, sino que lentamente los asfixia, el efecto fue sintiéndose paulatinamente hasta convertirse en la toma nacional de conciencia que ha ocurrido en estos años.
Para que nuestra América construya esa nueva realidad democrática, Venezuela debe retornar a la democracia con la investidura de Edmundo González, su presidente legítimo, y el triunfo histórico de María Corina Machado, heroica líder de esta gesta liberadora. El mecanismo parece estar en marcha. La autocracia criminal que oprime al país podría verse pronto obligada a abandonar el poder debido a la presión interna y externa. Cuando suceda, el impacto asombrará al mundo. Venezuela, un país rico en petróleo, es aún más rica en la valentía y la resistencia de su gente, decidida ya a librarse de los capos. Millones de expatriados regresarán a su país para reconstruirlo. Las familias se reunificarán. Los venezolanos valoran como nunca antes el significado de la libertad.






