No es difícil ver llorar a un futbolista. Las victorias o las derrotas suelen quebrarlos y llevar tanto al desahogo como a la frustración por vía lagrimal. Lo raro es que muestren su fragilidad por otros asuntos. Acostumbrados a una inagotable ristra de lugares comunes, casi nadie en su entorno escapa del piloto automático verbal.

Pero Marc Cucurella (Alella, Barcelona, 27 años) es un deportista distinto. Alguien que capta la atención desde la banda con el carisma de su melena rizada, una seña de identidad que hace saber al aficionado en cada momento dónde está. Pero también por la firmeza de su capacidad a la hora de convertirse en alguien inexpugnable para los delanteros y aterrador para los defensas.

Cucurella se hace querer en el campo hasta por los equipos y la hinchada contraria. Lo notamos cuando juega en la selección española, pero también cuando lo vemos alineado en el Chelsea inglés. En ambos equipos se ha convertido en talismán sin posibilidad de recambio. Despliega empatía, disfrute. Sacrificio, alegría y rigor a partes iguales. Desconcierta cuando agarra la pelota: cualquier promesa de audacia queda abierta ante tus ojos y, a la vez, genera confianza por la certeza de que siempre cumple.