Cuenta la leyenda, y es una leyenda cierta, que, en la época en la que estaba escribiendo Seinfeld, Larry David contrataba a guionistas a los que pedía que le contasen sus historias más divertidas —todas debían estar basadas en hechos reales— y una vez los había exprimido —una vez no había más historias que contar—, buscaba a otros. Por supuesto, las historias debían resultarle divertidas no sólo a él, sino también a

s/jerry-seinfeld/" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/noticias/jerry-seinfeld/" data-link-track-dtm="">Jerry Seinfeld, cocreador de la famosísima sit-com, un clásico —o el clásico— del género. Eso hacía que, por más variadas que fuesen las anécdotas, todas tuviesen algo en común. Eso y el tono con el que debían escribirse. Que era el tono de este libro, el primero de los dos únicos libros —novelas— de Robert Plunket (Greenville, Texas, 80 años), el aspirante a actor que jamás ha sido famoso —a día de hoy, sigue viviendo en un parque de caravanas, y sus vecinos no se creen que sea escritor— y al que, sin embargo, admira la mismísima Madonna. ¿Y todo por qué? ¿Por escribir un libro protagonizado por un chiflado que a su vez está chiflado por 1) la danza Morris, sea lo que sea la danza Morris; y, 2) el presidente más fugaz de la historia de los presidentes de Estados Unidos, alguien llamado Warren Gamaliel Harding?