A primera vista, los alrededores del puerto de Oslo en una tarde soleada de septiembre parecen sacados de una postal. Algunos valientes se zambullen en el frío mar del Norte tras una sesión de sauna; otros se deslizan a gran velocidad en el agua con esquíes acuáticos mientras esquivan a decenas de kayaks. Las terrazas junto

da-por-juan-herreros.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/icon-design/arquitectura/2021-10-29/los-museos-son-las-nuevas-plazas-publicas-dentro-del-munch-de-oslo-la-nueva-joya-arquitectonica-de-europa-firmada-por-juan-herreros.html" data-link-track-dtm="">al museo de Edward Munch rebosan de comensales y marisco. Desde el tejado del imponente edificio de la Ópera, cientos de turistas contemplan el paisaje: un fiordo majestuoso salpicado de embarcaciones, una imagen casi perfecta que solo queda empañada por las grúas del puerto; esas que con cada vez más frecuencia descargan contenedores con cocaína bajo la atenta mirada de bandas criminales suecas que se expanden por Noruega.

“No estamos preparados para afrontar esto”, admite Karin Tandero Schaug, presidenta del sindicato de Aduanas de Noruega, en referencia a lo que algunos medios locales han calificado como “un tsunami de cocaína”. Tandero Schaug señala la pandemia como el punto de inflexión: “Entre finales de 2021 y principios de 2022 percibimos claramente un aumento. Entre los jóvenes, en la jet set, en distintos entornos sociales, el consumo de cocaína se estaba normalizando en las fiestas”. La líder sindical asegura que se lanzaron señales de alerta, pero que pasó más de un año hasta que la clase política reaccionó.