La habitación huele a sudor y miedo. Una gruesa cadena con candado bloquea la puerta de rejas y en su interior, acostados sobre colchones en el suelo, tres jóvenes dormitan gracias a una mezcla de cansancio y diazepam. Cada poco, la enfermera Saio Keita se acerca a comprobar sus constantes y los jóvenes se revuelven en su duermevela. Ibrahima (nombre ficticio) es uno de ellos. Conectado a un gotero, la observa inexpresivo y aturdido desde algún lugar profundo de su cabeza. Los tres son consumidores de kush, la peligrosa droga de moda en África occidental, compuesta por cannabioides y opioides sintéticos hasta 25 veces más potentes que el fentanilo, que desde su irrupción en esta región hace tres años se ha convertido en una plaga mortal que ha llevado incluso a Liberia y Sierra Leona a declarar la emergencia de salud pública.
Hay que saber bien dónde está para encontrarlo. Tras bajar por una calle de tierra llena de baches y atravesar un pequeño descampado del barrio de Dabompa, en la periferia de Conakry, se llega al centro Sajed para la atención a drogodependientes. Es una de las pocas instituciones que ofrece ayuda a las personas consumidoras de sustancias como el crack, el cannabis o la cocaína en Guinea-Conakry. Sin embargo, en los últimos meses, el kush ha irrumpido con fuerza. “Es muy destructivo y peligroso y estamos viendo cada día sus consecuencias con frecuentes casos que acaban en la muerte”, asegura la doctora Marie Koumbassa, responsable de este espacio. “Los adictos suelen ser personas de los barrios más desfavorecidos. Es la droga de moda”, añade.






