La escritora y profesora albanesa Lea Ypi se asombraba hace poco en las páginas de The Guardian de la riqueza que están ofreciendo hoy día la literatura y el mundo académico, frente a la simpleza y los tópicos en los que se mueve la política en todas partes. Es posible que esa indigencia de pensamiento en el mundo político se deba a lo que la exsecretaria de Estado de EE UU, Condoleezza Rice, explicó al poco de comenzar la invasión rusa en Ucrania: “Luchar por territorio, pensar en términos étnicos, usar recursos para librar guerras. Creí que habíamos superado eso. Esto se suponía que no debía suceder. Creíamos que la linealidad del progreso humano debería haber dejado todo esto atrás”.
No ha sido así. La idea de la linealidad del progreso humano se fue al garete hace muchos años. La realidad fue que poco a poco se fueron acumulando los problemas que las democracias liberales parecían incapaces de resolver (sobre todo a raíz de la crisis de 2008 y del aplastante poder del dinero y de las grandes empresas tecnológicas), al mismo tiempo que la opinión pública parecía hacerse más tolerante con quienes proponían conseguir resultados rápidos, saltándose las regulaciones legales y, por supuesto, ignorando los daños colaterales que se producirían. Pero, como dice William Galston, exasesor del presidente Clinton, cuando el Estado de derecho retrocede, lo hace a expensas de la libertad y el avance de la arbitrariedad. Y eso es exactamente lo que viene ocurriendo. La política ha empezado a llenarse de tópicos, simplicidades, muy bien acogidas por una parte importante de la población, harta de ver cómo se acumulan los problemas sin que las democracias liberales parezcan encontrar soluciones.






