A lo largo de la historia de la moda, la casualidad ha impulsado alguna de las creaciones más icónicas de los últimos tiempos. ¿Existiría el famoso bolso Birkin de Hermès si Jean-Louis Dumas, alto ejecutivo de la firma, no hubiera coincidido en un vuelo con Jane Birkin? ¿Habríamos conocido las famosas bufandas de cuadros de Burberry si una trabajadora de la marca no hubiera optado por utilizar el forro interior con estampado de cuadros de las gabardinas del sello británico para crear maletas, convertidas en best seller? Ese carácter fortuito también está presente en uno de los zapatos más representativos de nuestro tiempo, los stilettos de

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.com/" target="_self" rel="" title="https://eu.christianlouboutin.com/" data-link-track-dtm="">Christian Louboutin, afilados y rematados con una suela roja convertida en emblema de una marca que logró disparar sus ventas gracias a este detalle. La historia comenzó de la manera más inesperada.

Un día cualquiera de 1992, el señor Louboutin estaba en su taller parisino observando los prototipos de sus nuevos zapatos desplegados sobre su mesa de trabajo. El diseño era perfecto pero había algo que no le convencía: la suela negra de aspecto pesado que restaba encanto a los zapatos de tacón. Meditando cómo corregirlo, alzó la vista y observó a su asistente pintándose las uñas de rojo. Le pidió el esmalte y probó a pintar la suela con aquel tono brillante. El resultado le fascinó hasta tal punto que hizo de ese color bermellón la seña de identidad de sus zapatos de tacón de 12 centímetros de altura. Un gesto improvisado con el que aportó un toque distintivo a un calzado poco innovador, pero posicionado como objeto de deseo entre algunas de las mujeres más influyentes de la A-List (así lo prueban las fotos de Paris Hilton o Kim Kardashian cargadas de bolsas Louboutin a su salida de la tienda de la firma en Beverly Hills, allá por 2009).