Tomamos decisiones todos los días, pero pocas son críticas hasta el punto de marcar el resto de nuestras vidas. No más de cuatro o cinco. En estos días se han cumplido cincuenta años de una de las mías: llegar a España. La cadena de consecuencias de aquella decisión sigue viva, porque nunca más abandoné este país....

Aproveché una oportunidad profesional que me permitió escapar de una Argentina convulsa y aterrizar en una España futbolística, política y culturalmente prometedora. Dos meses después de mi llegada moría Franco y despertarse cada día era como leer un capítulo nuevo de la historia. Algunas de esas historias las cerró el tiempo, por ejemplo, esta: aprendí España leyendo el recién nacido diario EL PAÍS, y hoy me toca ser parte y escribir esta columna semanal.

El tiempo no mide igual mirado desde distintas edades. Cuando era un adolescente y oía cantar a Gardel que “veinte años no es nada”, me parecía un exceso. Hoy, mirando hacia atrás, estos cincuenta años me confirman la verosimilitud del mismo tango: “Es un soplo la vida”.

Llegué a un Alavés que estaba en Segunda División. Vitoria era una ciudad fría y lluviosa y tuve que aprender a jugar en el barro, para lo que no estaba preparado ni técnica ni físicamente. Era alto y delgado (diez kilos menos que al final de mi carrera), y mis piernas de ave zancuda, que exhibía con medias bajas, pagaron caro la coquetería: dos roturas de peroné. Se pegaba mucho en aquellos tiempos. Mi sistema muscular tampoco resistía, hasta el punto de que en el primer año tuve varias roturas fibrilares. Era tal mi fragilidad que un día me rompí quitándome el pantalón, una vergüenza solo reconocida hoy, cincuenta años después.