Si cualquier atleta coge sueño dulce reviviendo en su cabeza el momento en el que logró un récord, y los pasos que le llevaron a la marca, o una victoria, a Irati Mitxelena quizás le prive más recordar la reacción y los movimientos de un ratón de 500 euros en el laboratorio en el que echa ocho horas al día después de haber experimentado en él un ensayo de terapia génica, una pequeña edición...

de su ADN, cortar y pegar, en busca de un tratamiento que evite mutaciones que conduzcan a la ELA (esclerosis lateral amiotrófica), enfermedad degenerativa y terrible, sin cura conocida. “Claro, saltar siete metros, por ejemplo, sería la bomba, una medalla internacional segura, una pasada, pero con una medalla no curas a otra gente”, reflexiona la saltadora de longitud donostiarra. “Así que si tuviera que elegir una razón de gozo sin duda elegiría hallar una terapia, pero me parece igual de frustrante”. Sin embargo, la última razón para dormir happy, el último momento de éxtasis, se lo dio a Mitxelena el atletismo, un salto de 6,70m el 14 de agosto en Guadalajara que la clasificaba, a los 27 años, para sus primeros Mundiales de atletismo. “De repente me vinieron muchas emociones. Fue el último salto de la última competición en la que podía lograr la mínima”, dice. “Me dije, venga, este es el salto, y cuando salí del foso ya sabía que había sido bueno, pero vi la marca y me salió un grito y mucha alegría, mucha alegría, y no un bajón, pero sí un uf, porque sin hacerle caso había estado acumulando mucha tensión muchos meses”.