Sentir que las paredes se estrechan hasta casi tocar los hombros es una de esas pesadillas recurrentes cuando se tiene fiebre de pequeño. En estos sueños, la sensación es similar a la que podría experimentar Alicia, la protagonista de la novela de Lewis Carroll, al convertirse en gigante y apenas caber en una casa. También puede parecerse, fuera del País de las maravillas, a la de muchas personas que se ven obligadas a habitar pequeños estudios, trasteros y sótanos acondicionados, o en buhardillas en las que solo se puede vivir midiendo poco...

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más de metro y medio.

Durante la crisis de la vivienda se ha hablado de numerosos perjuicios que evidencian la peor calidad de vida, la falta de recursos, y la precariedad que experimentan miles de ciudadanos. En palabras de Javier Gil, doctor en sociología, investigador del CSIC, y miembro del Sindicato de Inquilinas, se suele decir que cuando se vulnera el derecho a la vivienda probablemente también se están violando muchos otros al mismo tiempo. De algún modo, la estabilidad habitacional funciona como un indicador para saber si se está pudiendo vivir una vida plena e incluso una vida sexual satisfactoria. Por tanto, carecer de una vivienda digna —concepto que, en palabras del Javier Gil, se refiere a un espacio asequible, con unos mínimos de habitabilidad para que una persona pueda desarrollarse y donde se puede permanecer a largo plazo—, implica consecuencias psicológicas y emocionales con uno mismo y con los demás, incluyendo la pareja.