Que USCIS (el organismo encargado de procesar solicitudes migratorias) preguntará a los vecinos del barrio y colegas de trabajo quién es elegible o no para la ciudadanía estadounidense, al estilo de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR). Que su gobierno arremete contra la comunidad LBTIQ+, como hicieron en Cuba con los homosexuales en los años sesenta. Que Donald Trump ha coqueteado con quedarse más tiempo en la Casa Blanca, y que Fidel Castro, de tanto que saboreó el poder, estuvo al frente del país por casi medio siglo. Que el primero ya ha destinado esfuerzos al ataque ideológico y contra la libertad de expresión, algo que el segundo anuló por completo. Que uno adora lo que el otro hizo su fe: la exaltación, el control máximo, un mar de fanáticos y la certeza de que no hay motivo por el que se les deba tildar de dictadores.

Son, entre otras, las razones por las que a Carlos Icaza, un peluquero cubanoamericano de 63 años —casi la edad de la Revolución— que sabe bien lo que es un dictador, le parece inconcebible que gran parte de su comunidad en Estados Unidos aún defienda al republicano. “Los cubanos nunca han sabido lo que es una democracia”, asegura. “Necesitan de un hombre que les diga lo que tienen que hacer”.